El Origen: No todos somos El Ché

Por: Gabriela Monroy Calva


“No es el sufrimiento, sino la esperanza de cosas mejores lo que incita las rebeliones”
Eric Hoffer

México-Tenochtitlan a 2 de junio del 2017. La inmovilidad, la tristeza y la indignación no generan cambios. El cambio se genera con el corazón lleno de esperanza y la imaginación para visualizar un mundo mejor. Cuando nos atrevemos a creer que el cambio siempre es ineludible, que lo que hoy es el orden establecido puede que mañana sea sólo un recuerdo, entonces trabajamos en favor de la creación de algo nuevo.

Muchas personas de todas las edades no hacen nada y se defienden con el escudo de la desesperanza y el conformismo. Otras, no hacen nada porque se inmovilizan ante la posibilidad de no alcanzar fama y trascendencia como sí lo hicieron El Ché Guevara, Zapata, Malcom X o El Cura Hidalgo y así se suman al estatus quo y se justifican diciendo que “no existen las condiciones” para una Revolución, para que “esto” cambie y se instale un modelo de convivencia social menos depredador, más justo, integrador, armonioso y que devuelva al hombre mismo, a su entorno (medio ambiente)  al centro del interés de cualquier forma de producción económica y esfuerzo colectivo.

La verdad es que es necesario comprender la historia y darse cuenta que la Revolución es un proceso y que este proceso es gestado por miles y a veces millones de personas “desconocidas”, que viven, actúan, transforman, se apasionan y enfrentan las porquerías del mundo sin gozar nunca del reconocimiento social. Algunas veces sucede que ni su familia más cercana dimensiona con precisión el aporte al cambio, la innovación, la Revolución que hacen estos héroes anónimos.

Hay miles y millones de personas que entregan su vida a la mejora de la humanidad por cada puñado de héroes patrios o globales que reciben reconocimiento y hasta veneración.

También existen otro tipo de personas que luchan sabiendo que lo que siembran hoy quizá florezca mañana o en varios años o siglos más tarde o incluso milenios después como lo hizo Sócrates, el gran Sócrates o el honorable Confucio y estos últimos, aunque bendecidos y respetados en la actualidad, no tuvieron finales felices o vidas cómodas y fáciles.

Los desconocidos que mantienen la esperanza de forma silenciosa pero constante, hacen vidas en las que luchan cotidianamente por mantener y desarrollar lo mejor de la naturaleza humana; estos desconocidos son el maestro que te dio clases en primaria y te hizo apasionarte por el conocimiento; es la cocinera que entrega el alma y te enseña a degustar lo bien hecho; es la madre que cría hijos compasivos; es el trabajador del estado que se enfrente a quien sea para que los que dependen de su labor, realmente obtengan lo mejor.

La Revolución es la culminación de un largo proceso de voluntades que desean mejorar la convivencia humana y la experiencia sobre la Tierra. La Revolución es incluso el triunfo de la fantasía sobre la realidad palpable. Los personajes notables reconocen el signo de los tiempos y se percatan de que el caldo está listo para sazonarlo y comerlo hasta el final y entonces encabezan la última batalla donde se logra, finalmente, generar el cambio.

Esos personajes célebres son aquellos hombres y mujeres de los que solemos conocer el nombre y estudiar sus biografías…, pero muchas veces no estamos conscientes que ellos, los famosos, sí supieron –y saben -, que muchos anónimos han cargado la antorcha para traer la luz hasta ese momento crucial llamado Revolución, con mayúscula.

Pero cabe señalar que siempre han existido los mediocres y los conformistas. Durante toda la trayectoria humana ha habido millones de seres que han venido a negar la vida misma, a no pensar, a no sentir, a no comprometerse, arriesgarse, apasionarse…, pero hoy es alarmante vivir entre sonámbulos que mientras se convencen de que nada puede mejorar,  que de nada sirve actuar a favor del hombre y que comprometerse con la vida sólo trae problemas (y no fama y fortuna), se quedan observando sus pantallas viendo de lejos hablar a otros, actuar a otros, vivir a otros y estorban, son lastre y escoria.

Y aunque ciertamente no -hacer la Revolución no siempre es una actividad que te va a colocar en el candelero –, sí enriquece mantener la capacidad de imaginar y visualizar un mejor futuro, creer que existe una forma de vida más satisfactoria y plena y dedicar la existencia a lograrlo.

No, no todos somos El Ché y los más probable es que la mayoría formemos parte de esa masa silenciosa y desconocida que pavimenta el terreno para que cuando sea menester, un puñado de personas asesten el golpe final, hagan la Revolución y pasen a formar parte de la memoria colectiva…, pero “picar piedra en favor de la esperanza” vale cien por ciento la pena.

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